PABLO, FUNDADOR DE ORCA

En el exilio político, alternativa forzosa de tantos revolucionarios cubanos desde el siglo XIX, se han escrito varios capítulos importantes de la historia patria. Ese exilio político ha tenido, como más frecuente destino, Norteamérica y México. Y cuando hablamos del asunto es inevitable evocar cuánto hizo de fecundo por la independencia cubana José Martí en su largo peregrinar revolucionario por ciudades norteamericanas durante sus muchos años de expatriación.

 

En cuanto a Pablo de la Torriente Brau, los dos exilios de Nueva York marcan profundamente su vida y quehacer. Cuando revisamos su correspondencia estamos recorriendo junto a él las numerosísimas vicisitudes y sinsabores vividos en la ciudad de los rascacielos, donde realizó los más humildes y disímiles oficios para conseguir sobrevivir, siempre con el apoyo de Teté, esposa, amiga y compañera.

 

Pero, al mismo tiempo, el exilio suele ser productivo y fecundo para el trabajo revolucionario. En él, las actividades de Pablo incluyeron la creación –junto a Raúl Roa, Gustavo Aldereguía y otros compañeros– de la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA), rectora del trabajo encaminado a la consecución de la unidad de las fuerzas revolucionarias. No pudieron sus fundadores escoger una mejor denominación: Organización, por el propósito de ordenar y preparar la lucha; Revolucionaria, porque el soporte de todos sus actos fue levantar voluntades para la insurrección; Cubana, porque tal sentimiento los imbuía hasta los tuétanos; y Antimperialista porque sus integrantes combatían la injerencia y la penetración norteamericana en los asuntos nacionales.

 

Se sumó al trabajo de ORCA la publicación de su órgano de divulgación, el periódico Frente Único. Y todo lo anterior se complementó con la fundación del Club “José Martí”; la colaboración junto a varias organizaciones sociales revolucionarias de Nueva York, particularmente las de emigrados revolucionarios latinoamericanos; así como el envío de artículos a diversidad de publicaciones del continente. ORCA tuvo voz y presencia en mítines, veladas y manifestaciones celebradas en Nueva York y otras ciudades.

 

Pablo asumió la Secretaría General de ORCA, responsabilidad que desempeñó hasta poco antes de embarcar hacia España. Trabajó intensamente en la organización y la movilización de los exilados en torno a las tareas de la preparación de la revolución, pues se trataba de una tarea paciente, anónima muchas veces y, no obstante, necesaria para tratar de mantener en alto el espíritu combativo.

 

También el periódico Frente Único, vocero de ORCA, exigió de Pablo y sus compañeros una notable entrega. Se nutría de trabajos llegados desde  distintos puntos de Estados Unidos donde se encontraban los colaboradores. Una vez impreso era introducido y distribuido clandestinamente en Cuba. Para posibilitar este propósito se imprimía en un formato pequeño, de escasos 14 x 11 cm y en papel muy fino.

 

El primer número está fechado el 12 de octubre de 1935 y abría con un artículo de Pablo en la primera página, “Toque de rebelión”, referido a La Demajagua, que terminaba con esta interrogante: “¿No es hora ya de que vibren juntos todos los impulsos de la revolución?”

 

Aunque ORCA se creó para luchar por un frente unitario, propósito así expresado en su manifiesto fundacional, no fue la única organización revolucionaria establecida en Estados Unidos. No nos proponemos aquí enjuiciar el quehacer de unas y de otras, porque las animaban fines en su mayoría comunes y loables. En cuanto a ORCA –a cuyos militantes Pablo llamaba humorísticamente “ahorcados”−, en carta suya del 28 de noviembre de 1935, proponía:

 

Hay, pues, necesidad de meter el pecho, hacer frente a las dificultades y no olvidar en ningún momento que desde que nos planteamos la necesidad de la creación de ORCA, comprendimos que el trabajo era duro, largo y difícil. No nos podemos llamar a engaño.

 

Y en carta del 14 de diciembre de 1935, enfatizaba al respecto:

 

Si se fracasa una vez, tampoco importa. Hay que levantarse antes de que le cuenten a uno los diez, siempre que se tenga el conocimiento o, lo que es casi lo mismo, viniendo al terreno de la responsabilidad revolucionaria, la vergüenza.

 

El trabajo revolucionario de Pablo en Nueva York no fue sino la continuación de lo que constituyó el leitmotiv de su vida: la pasión revolucionaria, la lucha por la justicia social, la solidaridad con los movimientos obreros y estudiantiles cubanos y latinoamericanos. Esos mismos empeños lo llevaron a España, a combatir, donde se debatían los destinos de Europa.