PABLO Y LA JORNADA DEL 30 SE SEPTIEMBRE

La Habana amaneció el 30 de septiembre de 1930 trémula de aprensiones y entoldada de brumas. Se respiraba una atmósfera de tragedia. La guarnición del Castillo de la Fuerza había sido reforzada la noche anterior. Doce ametralladoras habían sido emplazadas en sitios estratégicos de la ciudad. La policía fue acuartelada.

 

Tal cuenta Raúl Roa del amanecer de un día que ha entrado en la historia de Cuba y devenido estandarte del estudiantado revolucionario cubano. Recordemos las edades de algunos de los participantes de aquella jornada: Roa tenía 23 años, Pablo de la Torriente 28, Juan Marinello 31, Félix Ernesto Alpízar 22, Carlos Prío Socarrás 27, Rafael Trejo, Felo para sus compañeros, quien por razones trágicas devendría protagonista, recientemente había cumplido 20. Citamos solo a manera de curiosidad a José Lezama Lima, apenas un adolescente de 19 años, quien siempre proclamó con orgullo su presencia allí, aquel día.

 

Por supuesto que hubo muchos, muchos más, centenares, y no solo estudiantes, también obreros, curiosos atrevidos y vecinos que tal vez cerraron postigos y puertas ante la avalancha brutal de la policía y la caballería del gobierno de Gerardo Machado.

 

Fueron de intensa actividad popular las semanas y días que antecedieron al 30 de septiembre. Estudiantes, obreros y en su generalidad casi todas las clases integrantes de la sociedad, repudiaban a un gobierno que había forzado una prórroga del ejercicio presidencial, realizaba ejecuciones de enemigos políticos, utilizaba al profesorado adepto al régimen para expulsar a los estudiantes universitarios opositores, la emprendía contra obreros y comunistas, y reprimía brutalmente cualquier protesta. Para el 30 de septiembre se había convocado  una manifestación en el Parque Alfaro, de la Calzada de Infanta, para de ahí marchar hacia el Palacio Presidencial.

 

… En un automóvil pasaron varios estudiantes: iba Carlos Prío; me parece que Raúl (Roa) y Trejo también. Se paró un momento y avisaron que había que irse concentrando para Infanta, para el parquecito de Eloy Alfaro. Empezaron a repartirse los manifiestos; la policía comenzó a hacer algunos registros: se bajaban de los caballos y se ponían a buscar revólveres; esto precipitó el choque, pues nos pareció a muchos ominoso el que nos registraran, y nos pusimos a negarnos; el clarín del mambí que llevó Alpízar, sonó entonces y la bandera cubana fue desplegada. 

 

El número de las patrullas de policías y las fuerzas del ejército fue aparatoso, e incluía el emplazamiento de ametralladoras, refuerzo de las guarniciones militares, el lanzamiento a la calle de escuadrones de fuerzas de choque. Se trataría de una batalla campal en que los estudiantes, además de sus puños —puesto que los enfrentamientos solían ser cuerpo acuerpo— solo disponían de andanadas de piedras y del grito estentóreo de sus voces: ¡Muera Machado!

 

Varias víctimas arrojó aquella masacre. Entre los contusos estuvo Isidro Figueroa. En cuanto a Pablo, fue herido aparatosamente y su fotografía con la cabeza vendada (tal vez una de las más divulgadas en aquel momento) testificó la barbarie de la agresión. Trejo fue herido de bala y falleció en el Hospital de Emergencias. Ambos coincidieron en la Sala de Urgencias, en camas contiguas.

 

En un momento en que recobré el sentido —contaría Pablo— escuché una frase que me recordó que estaba herido gravemente, que había pasado algo importante. Un médico dijo: “Veremos si este no tiene fractura en la base. Si no la tiene se puede salvar… Pero a ese otro muchacho, sí que no hay quien lo salve. Se muere de todas maneras”.

 

El sepelio de Rafael Trejo, en la tarde del día 2 de octubre, en el Cementerio de Colón, fue acompañado por una multitud de estudiantes y pueblo en general. Era un homenaje a la memoria del joven mártir, pero también un desafío elocuente a las fuerzas de Machado, una manifestación de repudio que presagiaba, más temprano que tarde, su caída.

 

Su participación en los sucesos del 30 de septiembre la recordó Pablo para siempre. Es más, siempre que sintetizó sus actividades revolucionarias, por breve que fuera la reseña, incluyó aquella jornada. No hay duda de que sintió orgullo de ello, que la muerte de Trejo causó una honda impresión en su vida. Guillermo Martínez Márquez, quien fuera fundador y director del periódico Ahora, apuntó con acierto:

 

El 30 de septiembre habría de ser, en el futuro, el “Día de Trejo”. Pero pudo haber sido igual el “Día de Torriente Brau”.

 

Cuatro años después de aquellos sucesos publicó Pablo en el periódico Ahora su trabajo “La última sonrisa de Rafael Trejo”, uno de los textos más conmovedores dentro de su intenso quehacer periodístico. De él hemos entresacado los segmentos incluidos en este artículo y también este último, de cierre:

 

Entre todos estos fragmentos de aquel día, precipitados en un torbellino emocionante, recuerdo con más intensidad que ninguno, la última sonrisa de Rafael Trejo como algo que fue a la par grato y doloroso, inefable y triste.