FELIUSA 164

Fotos: Iván Soca

 

Nuestra amiga Liset García nos hace llegar desde la fraterna revista Bohemia esa crónica sobre el reciente A guitarra limpia protagonizado por la joven trovadora Aurora de los Andes Feliú.

 

El Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau sigue cobijando la poesía, y las yagrumas de su patio a buenos trovadores.

 

Si los ángeles pudieran cantar lo harían como Aurora de los Andes Feliú. La música que la habita y es su lenguaje, le sirve a ella para volar y posarse junto a quien la escucha. Sencillamente no admite espacio entre su voz y el público, llega de frente con sus alas y deja pensando en que ojalá su concierto no tenga fin.

 

Por esa certidumbre, en su debut “oficial”, Aurorita o Feliusa, o quién sabe de cuál otro nombre ella quiera apropiarse, viajó con intensidad desde canciones, a solas con su guitarra, o acompañada por músicos tan jóvenes y tan virtuosos como ella. Y la vida no espera, frase que dio título a su presentación, se convirtió en una suerte de credo, sostenido por alguien que ha descubierto muchas razones para cantarle a la vida, al amor, a las cosas del alma.

El escenario no podía ser otro que el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, sitio que de muchas maneras honra a ese poeta y revolucionario, y cumple en su patio sombreado por yagrumas el oficio de iniciar a trovadores. Su director, Víctor Casaus, emprendedor como pocos –término que parece “descubierto” ahora–, y comprometido con salvar la memoria y los rasgos que nos identifican, desde ese espacio parecido a un caleidoscopio, no solo rescata y difunde el patrimonio pabliano, sino que ha conseguido editar un centenar de libros de testimonio, investigación histórica, antologías con la obra de artistas; y promueve las artes plásticas, el diseño, el cine y la Nueva Trova, en el afán de tender puentes.

 

Por Casaus, el público asistente al concierto de La Feliusa, se enteró de que este fue el número 164. La mayoría de ellos trascendió a discos, documentales, textos, los cuales nutren la obra del Centro y de los trovadores que por ahí han pasado.

No se hizo extraño entonces que otros artistas acompañaran a Aurorita. En un rincón del patio estaba Zaida del Río, quien provocaba a ratos que la mirada se dirigiera a la maravilla salida de sus pinceles, mientras el aire se colmaba de música. Raúl Rodríguez, premio nacional de cine, cámara en mano, compendiaba sonido e imagen, gracias a lo cual quizás sea posible volver al concierto.

 

A guitarra limpia, como sigue y seguirá llamándose ese espacio, también da título a ediciones, aún en librerías, que dan fe de lo ocurrido en casi 20 años allí. A poco de fundado este centro cultural, nació el sueño compartido de unir a trovadores de todas las épocas y tendencias, hasta lo que es hoy, un mosaico de propuestas y pensamientos.

En noviembre de 1998, Santiaguito Feliú, trovador crecido como poeta, fue el primero, y es una sobrina suya la ocupante del lugar 164. Quiso ella invitar a sus otros tíos –“de donde vine”, confesó–, para cantar juntos canciones de ellos: Augusto Blanca, Lázaro García, Pepe Ordás. Y no podía faltar su padre, Vicente, con quien se salió de lo habitual al hacer una ranchera.

Desde su autenticidad y la de Rodney Howar (guitarra), Yasmani Novoa (bajo), y Ernesto Chispita Castillo (percusión), Aurorita de los Andes, entregó su luz, sus temores, sus enlaces con la vida, e indicó el camino donde encontrarla, siempre soñándose.